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Martes, 07 de mayo de 2024. Recuerdo una definición de historia que bien puede aplicarse a la vida: «sucesión de sucesos que suceden sucesivamente». Pasamos de una cosa a otra de forma natural. El día da paso a la noche, la primavera al verano, diciembre a enero, hay muchos más ejemplos. Es extraño, porque nos movemos en el equilibrio de un tiempo lineal, al cíclico. Desde pequeños nos acostumbran a ello en el colegio, días de clase, días de exámenes y días de vacaciones. Estamos inmersos en una rueda, tanto de forma externa como de forma interna. Lo de fuera es una rutina cómoda que se repite, y por dentro nuestra mente nos lanza pensamientos que pueden llevarnos a un bucle, a una repetición que, en algunos casos, nos puede bloquear, quitar el sueño, quitar la vida.

Cumplir etapas

Así nuestra vida es un cumplir etapas. Del colegio al instituto, de ahí a la universidad, a trabajar, la jubilación y de ahí al cementerio. Es un poco duro verlo así, sin embargo es el ciclo de la vida. A veces, tal como está la vida montada en esta realidad, me recuerda al antiguo anuncio de un insecticida y al consumismo insatisfecho. Porque ante cualquier experiencia, emoción, surge el ¿y ahora qué? Si no hay actividad es como si perdiéramos el valor, la dignidad. Todo es un esfuerzo hacia un logro que, en muchos casos, da paso a otro periodo de esfuerzo hasta el siguiente logro. Basta sentarse en una sala de un ambulatorio o en la oficina del paro, o en un parque. Hay ancianos que más que vivir, pasan los días sin tener muy claro por qué siguen vivos. Repiten sus actividades, se levantan, desayunan, hacen la compra, recogen la casa… y al día siguiente, igual. Los trabajadores igual, se levantan, desayunan, van a la oficina… y al día siguiente, igual. Vivimos, todos, inmersos en una gran rutina. ¿Es bueno? ¿Es malo? Ni lo uno ni lo otro, simplemente es. Porque si en nuestras agendas hay espacios en blanco, implica que no somos productivos. Si has hecho una venta, hay que ir a por la siguiente. Si has escrito una novela, te preguntarán por la siguiente, como si escribir fuera una fábrica, porque un producto, da paso a otro.

Hacer, hacer, hacer

¿Dónde queda la satisfacción, el pararse a observar lo conseguido? Nos enfocamos en lo que nos falta. Llegamos incluso a hacer borrón y cuenta nueva. Sin embargo, son esos pasos que queremos borrar, que hemos dado, los que nos han traído hasta aquí, y con una experiencia intensa, es conveniente parar y reflexionar, aunque sea un poco. Si no, es como escalar una montaña, tocar la cima y comenzar el descenso. Tanto esfuerzo, ¿para qué? ¡Claro que hay que volver, pero detente un rato a contemplar! Aunque solo sea para ver todo lo que has avanzado. Echa la vista atrás no para compararte con el resto que lo han hecho mucho más rápido y mejor que tú, sino para descubrir la belleza de tu propio camino, de tu propio ritmo. Escucha el silencio, la no acción. Hace tiempo hice una caminata por la naturaleza en grupo. Los organizadores insistían en que había que ir todos juntos. Había gente habituada a andar y otros muy bajos de forma. ¿Resultado? Los que llegaron primero, se aburrieron de esperar. Los que llegaron los últimos, tras un importante esfuerzo físico, no descansaron ni un minuto. ¿Eso es lo normal? En un mundo de comparación constante, sí. Nos movemos como en los juegos, entre el aburrimiento y la frustración. Si es muy sencillo, nos aburrimos y pasamos nuestra atención a otra cosa. Si es muy complicado, nos frustramos y abandonamos. ¿Por qué? Porque se espera que vayamos en grupo, que hagamos todo en el mismo momento. Y eso es una utopía cuando no una falacia.

Respeta tu ritmo

Si la vida es una cadena de actividades, disfruta de tu ritmo. No digo que no cumplas con los tiempos que te has establecido, ni que vayas a la velocidad que te de la gana en la carretera, sino que disfrutes de lo que haces. Ya que la norma y los límites nos marcan lo que hacer, cambia la mirada. Recuerdo que, como madre primeriza, me agobiaba si mi hijo no cumplía las etapas de andar a una cierta edad, o de quitarse el pañal, o de comer o de beber una cantidad determinada. Sí, era primeriza y había leído libros y recibido consejos de otras madres más expertas. Hasta que me di cuenta que, aun con las mejores intenciones, esos consejos y esos tiempos no valían para él. Y me explico. Mi hijo tenía su propio ritmo, rápido para unas cosas y lento para otras. Yo estaba proyectando en él mis propios miedos y creencias. Si había un problema no era en su naturaleza, sino en mi mente. Cuando lo comprendí y lo acepté, la realidad cambió. Aun a día de hoy, cuando ya no es un bebé, hay veces que tengo que recordarme que tiene su propio ritmo y que irá cumpliendo sus etapas acorde a él, igual que el gusano se metamorfosea en mariposa dentro del capullo cuando sus alas están fuertes para volar. Como yo. Como todos. Y si vienen pensamientos que agobian, comparaciones, me lo recuerdo y paso al siguiente. Es la única forma que conozco de salir del bucle mental, la vuelta al presente. Observo y continúo. Sigo con las tareas, y con mis espacios en blanco. Tengo un ritmo, lo agradezco y lo respeto. Eso hace que progrese y siga adelante, que me dirija donde quiero ir.

¿Te resuena? Si te atreves, te leo. Que pases una estupenda semana, a tu ritmo.