La semana pasada leí un artículo de Francesc Miralles que no se me ha quitado de la cabeza. Me sorprendió mucho porque si él, que ha vendido miles de libros, que es reconocido y un punto de referencia para muchos, requiere «validación», aceptación y reconocimiento por parte de la sociedad en la que vivimos, ¿a qué aspiramos el resto de los mortales?
Nos pasamos la vida esperando esa aceptación por parte de los demás. Tanto es así que en nuestros primeros meses de vida, la naturaleza nos provee de un mecanismo para que los adultos no se desentiendan de nosotros. Por eso los bebés huelen de esa forma que despierta los instintos protectores de los padres. Después vendrá la importantísima aceptación de papá y mamá en el clan, en la familia. Y para ello, lo primero que aprendemos es que tenemos que portarnos bien, según los principios familiares. No hacerlo implica la exclusión, el destierro del clan, ser la oveja negra, y el cerebro reptiliano que llevamos dentro entiende esa soledad como muerte. «Si te portas bien, (te portas como yo creo que debes comportarte), te quiero mucho» y en nuestros oídos suena «si te portas mal, te quiero poco«. Tus padres hacen lo que pueden o saben con lo que ellos recibieron, que a su vez, fue lo que otros recibieron y así en un constante hacia atrás, que forma el programa de creencias y de actuaciones que se dan en la familia. Te comes la verdura, haces los deberes, sacas buenas notas, no haces ruido, no haces preguntas y todo lo que se requiere de ti para que te sigan cuidando, queriendo. Y allá donde te encuentres, colegio, universidad, trabajo, repites esos patrones para ser aceptado. Porque así encajas. El tema es ¿de verdad es tan importante encajar? ¿El patito feo era de verdad feo o realmente no estaba en su sitio? ¿Qué ocurre cuando todo ese sistema te chirría, no respondes a esas expectativas que otros se han formado de ti, a ese proyecto que te exigen desde fuera? Cuando lo de fuera y lo de dentro chocan, aparece el conflicto, el sufrimiento psicológico, físico y emocional. De ahí los trastornos alimentarios, de ansiedad, depresión, vacío, baja autoestima… todo de lo que no se quiere hablar, que es tabú en la sociedad perfecta que otros han ideado y a la que te tienes que amoldar, en la que te van a validar, a aceptar. ¿Eso es lo que queremos transmitir a las generaciones futuras?
Si algo he aprendido a lo largo de estos años, desde el 2020 hasta ahora, son perfiles de personalidad. No puedes comunicarte con alguien cuyo perfil predominante es empático igual que con alguien que es más líder promotor. Porque no te van a entender . No es lo mismo hablar desde la resolución, desde la realización de objetivos que desde las emociones. Cada perfil da importancia a unas cosas. No son ni mejores ni peores, son diferentes. Hay muchos libros que tratan esta materia. El primero que leí fue «El hombre que estaba rodeado de idiotas» de Thomas Erikson. Conocer los perfiles es una gran forma para recorrer la vida, aunque es una información que en negativo, puede manipular a las personas. Si yo sé que una persona es empática, puedo comunicarme para elevarla o hundirla en la miseria. No es lo mismo comunicar desde la escasez que desde la abundancia. Y sí, estoy pensando en esa publicidad, en esa forma de vender, que no responde sino que crea la necesidad de obtener un producto para solucionar un conflicto desconocido hasta ese momento, dirigir experiencias hacia lo que más interesa al vendedor. Digo publicidad, pero me temo que es una estrategia cotidiana que nos encontramos desde que salimos por la puerta y que nosotros mismos también llevamos a cabo, conscientemente o no.
Entonces ¿qué hago?
Lo que voy a decir a continuación parece frase hecha o dicha desde el buenismo feliz que impera en la sociedad. Sin embargo, es el primer paso. ¿A qué me refiero? Acéptate tú mismo por tí mismo, con michelines, momentos de genio negativo, con tu ignorancia en diferentes temas, hasta por el grano que te ha salido en medio de la frente. ¿Si tú no te quieres a ti mismo, cómo van a hacerlo los demás? Vas a tener días buenos y días malos, y no se trata de caer en una especie de narcisismo. Pero fíjate en tus cosas buenas, no solo en las malas. En lo que conseguiste, no solo en lo que te falta. Y sobre todo, valórate para irte de los lugares que te hacen más daño que bien, ya sea en reuniones de amigos que no lo son tanto, grupos de trabajo que te hunden o drenan energía o reuniones familiares donde te faltan al respeto, te degradan a un infantilismo sumiso y no hacen más que exigir que participes en unos juegos psicológicos que ya no van contigo. Hace falta valor para ponerse en valor. Lo sé. Sin embargo, si quieres ser tú mismo, ser tu mejor versión, no puedes seguir dejándote utilizar o pisotear. Los chupitos de cianuro no son lo mejor para tu salud. Marca tus prioridades y tus límites. Se irá mucha gente, te presionarán, al principio se hará duro, sin embargo si quieres ser adulto, es algo que requieres hacer. Reconoce lo que te han aportado, da las gracias y sigue tu camino. Los que se irán de tu vida, dejarán paso a gente que llegará y te aportará grandes cosas. Y repito, el primer paso, es que te aceptes, que te mires al espejo, y aceptes lo que ves. Si quieres adelgazar, hazlo por tí no por lo que te digan los demás, aunque sean profesionales sanitarios. Si te das cuenta que no sabes algo que te interesa, investiga y aprende. No puedes ser «el mejor», pero sí que puedes ser mejor. Basta de comparaciones hacia fuera.
¿Te resuena? si te atreves, te leo.
