La cadena de la inspiración

Una de mis costumbres es tener siempre cerca un cuaderno y un boli. Me vale hasta el bloc de notas del móvil. Porque nunca sé dónde va a aparecer una idea de la que pueda tirar del hilo para un post, una reflexión personal o un relato corto. En muchos aspectos, los que nos dedicamos a escribir, además de ser de naturaleza curiosa, estamos pendientes de los detalles. Las frases que escuchas en la calle, en la parada del autobús, en el metro pueden ser auténticos filones de ideas a desarrollar. En la escritura, como en la cocina, no se tira nada. No se desechan ideas, solo se guardan en la nevera o en la alacena para que reposen hasta la próxima receta. Como en la vida, existe el arte del reciclaje.

Soy escritora, todo lo que digas puede ser puesto en uno de mis textos.

Cuando estoy en un curso o en una conferencia, me gusta observar y tomar apuntes. Primero porque rara vez requiero de esas caricias positivas que reclaman algunas intervenciones, hechas a veces más para recibir la palmadita en la espalda de la figura de autoridad que para resolución de dudas o para aportar algo interesante al debate. Segundo, porque hasta en esas palabras, puede haber perlas si practicas la escucha atenta. Y no me refiero solo a la información que transmite de quien las pronuncia sino que pueden ser las respuestas que busco para un tema en concreto ya sea personal o un planteamiento de uno de los personajes de mis novelas. Quien me conoce sabe que tomo nota de lo que más me interesa en cada momento. Eso hace de mis textos más cercanos y coherentes porque muestran escenas con las que cualquier lector se puede identificar. A veces me pierdo entre las líneas, no lo voy a negar, cuando fluyo no siempre sé dónde voy a llegar. Otras veces, las ideas fuerza que quiero comunicar resulta que no son tan fuertes y dan paso a otras. Es la maravilla de escribir, las historias crean vida y llegan a ser independientes de la escritora.

No estamos locos, ni solos, y sabemos lo que queremos.

Parafraseo la canción de Ketama y añado que tampoco estamos solos. Vivimos en una sociedad y el trabajo, el arte, de unos, puede inspirar el trabajo y el arte de otros. Por eso los escritores somos grandes lectores, cinéfilos y oyentes de música. En mi caso es habitual que escriba mientras escucho música. Me ayuda a fluir. Sobre todo si es piano. Conozco a personas que practican los baños de bosque, Shinrin Yoku en japonés que es de dónde proviene el concepto, no solo por sus beneficios físicos y psicológicos sino también como fuente de creatividad, de conexión con la realidad ya sea externa o interna. Nos nutrimos unos de otros y es fantástico que sea así. Y no se trata de robar ideas, sino de acogerlas y profundizar cada uno para ver hacia dónde nos llevan. El proceso de creación así es menos solitario. Por eso, la inspiración es una gran cadena. ¿Te imaginas tener que llegar por tí mismo a las fórmulas matemáticas, a los conceptos científicos que te dan en los estudios? Nuestros conocimientos son resultado de la investigación, de los éxitos y errores de otros que nos precedieron en la historia.

Eres tu maestro. Saca tus propias conclusiones.

Escribir, pensar por uno mismo, es para valientes. No hay ninguna duda de ello, más cuando la tendencia ideológica en la que vivimos es crear uniformidad en el pensamiento y en las acciones. Seguro que te suena la frase de «políticamente correcto» que ha llevado a más de un artista a la autocensura por el qué dirán. Por un triunfo momentáneo que no durará. Una cosa es vivir en sociedad y otra muy distinta es el pensamiento único que mata nuestra genialidad individual. La cadena que es la inspiración, deja pasar rayos de luz de esperanza que calientan el ser auténtico para sacarlo de su letargo, de su modorra, para dejar de ser una maceta de pasillo, una seta, una patata sin sensibilidad.

¿Te resuena lo que escribo? Si te atreves, te leo.