Martes, 18 de marzo de 2025. Tengo un chivato. Cada lunes, puntual como un reloj, a las 9:30 a.m., me facilita un informe de uso de mis dispositivos. Ya sea el móvil, la tablet o los diferentes ordenadores. Tiene diferentes secciones: redes sociales, productividad, juegos… y otros. ¿A qué se refiere con ese OTROS? Para mi, es como el gran cajón desastre, las aplicaciones que no tiene nada claro en qué categoría meterlas. Esta vez me he fijado en el dispositivo móvil y este lunes me he encontrado que he pasado 5 horas con OTROS. Integramente. Ya veis, Carmen Sotillo (Menchu para los amigos) pasó 5 horas con Mario Díaz en el libro de Miguel Delibes y yo esta semana he pasado 5 horas con OTROS. Y es bien cierto, porque he pasado cada día, 5 horas rodeada de libros, imaginaos la cantidad de personajes, autores, traductores e ilustradores que me han acompañado en ese tiempo. Porque mi aplicación para escanear códigos de barra de libros es la artífice de ese tiempo. Sí, he estado unas 5 horas al día metiendo datos de la biblioteca familiar, como ya he comentado en anteriores artículos es a lo que dedico el tiempo libre. Una actividad en apariencia muy solitaria que en el fondo, como se puede comprobar, no lo es tanto. En otro momento de mi vida, ese tiempo sería enfrente de la pantalla en blanco de un procesador de textos, estos días, al ritmo de la lluvia y de la playlist de turno de la aplicación de música, catalogo y describo los libros. Si no existiera esa aplicación, sería más tiempo para el ordenador ya que picar datos en una hoja de Numbers en una pantalla que ocupa la palma de la mano es un absoluto peñazo. Ya llevo 1270 libros y aún me quedan muchos más. Por cierto, el próximo que me diga que el saber no ocupa lugar, se va a llevar un buen coscorrón de mi parte, por lo menos un par de tomos de la enciclopedia en toda la cabeza. Y, otra cosa, libros en su mayoría leídos, no comprados al peso para adornar 😉
La cadena de las 3000
¿Echo de menos escribir? Como dirían los gallegos, pues depende. La fábrica de ideas está a un 15% de su productividad. Lo noto como el no participar de encuentros enriquecedores con otros escritores. Las circunstancias vitales van cambiando y es importante fluir con ellas. Estoy en temporada de barbecho, como otros tantos escritores. Porque, aunque se saben los casos de los de éxito como el de Patrick Rothfuss o el personaje de Mara Polski en El invierno que tomamos cartas en el asunto de Ángeles Doñate, creo que todos los que nos dedicamos a escribir, famosos o anónimos, hemos pasado por ello como por el síndrome de la página en blanco o el del impostor. Me dedico a revisar textos propios y cuando llega la inspiración, como esta noche a las 2:30 a.m., apuntar unas ideas en el bloc de notas que tenga más a mano. Cuando puedo, abro un nuevo archivo en el ordenador y la apunto en un documento en blanco, sin tener certeza si tendrá recorrido o fue una idea pasajera que me sacó del sueño. Quedan lejos los días en que llegaba a las 3000 palabras de calidad diarias. ¿Volverán aquellos momentos como las oscuras golondrinas de Bécquer? No lo sé. Por ahora, estoy rodeada de grandes historias, quizá se pegue algo. La puerta está abierta. Porque las ideas son así, eslabones de una cadena, uno da paso a otra. Y, aunque parezca que el camino de un escritor, escritora en este caso, es solitario, porque el acto de escribir solo lo puede hacer una, cada libro ya sea de tapa dura o de tapa blanda, físico o digital, es un compañero de viaje, un amigo. Ya tengo más de mil, no sé si llegaré al millón de la canción de Roberto Carlos. Sí, hoy estoy recordando a otros, como el informe me indicó ayer. Más de lo habitual. Claro que tengo muy presente a mis fuentes, a los que me han aportado su experiencia para facilitarme un poco el camino diario. A veces los nombro, a veces no. Porque en varios casos, son lecciones aprendidas de otros que a su vez las aprendieron de otros. Otra vez la cadena. Un ejemplo. ¿Habéis escuchado alguna vez la frase «el veneno está en la dosis«? Es un aforismo que se atribuye a Paracelso. Para mí es una frase de otros autores, Antoni Bolinches o Álex Rovira por ejemplo, porque se la he oído más a ellos que al propio Paracelso, no sé si le he leído alguna vez. El caso es que nuestras victorias no son tan nuestras como a veces nos gustan pensar. Acertar en la solución de un problema matemático depende de tu esfuerzo a la hora de aprender los métodos que otros te enseñaron, que a su vez los aprendieron de otros. Al final somos como los lápices que ilustran este artículo, muy diferentes pero hechos de la misma madera. Y como estoy en momento de recuerdos, sí, en el fondo pienso en el concepto de interser de Thich Nhat Hahn (seguro que me he dejado alguna «h» por poner), aunque no soy poeta, con tanta lluvia me siento identificada. Todo en este mundo está relacionado, es causa o es efecto.
El bol rallador
Hablando de cadenas, no soy de las personas que hacen las de puntos. Seguro que alguna vez has visto esas promociones en las cuales si reúnes 100 puntos (1 por cada 10 euros de compra) te regalan una papelera de tu futbolista favorito o algo así. Siempre he pensado que resultaba más barato ir al almacén de turno y comprártela por ti mismo que gastarte tropecientos euros en compras por ese supuesto regalo que no es tal. Nada es gratuito, todo lleva aparejado un coste por muy bueno que sea el marketing. Hasta este lunes pasado. En el supermercado habitual en el que compro sacaron una promoción de esas. Esta vez el folleto no acabó en la papelera amarilla, sino que estuve viendo los productos. Se cumplía el punto por cada 10 euros de compra. No suponía esfuerzo, porque es donde compro de forma habitual. Me llamó la atención un bol rallador. Tenía buena pinta, al menos en la foto. Costaba 50 puntos. Nos llamó la atención a los tres, asi que decidimos por una vez hacer la colección. Termina a finales de mayo, asi que había tiempo de sobra para conseguirlo. Comenzaba en enero, si no recuerdo mal. Ayer fui a por él, con la cartilla de puntos completa. Y me llevé una grata sorpresa. Es de 4 litros, acero inoxidable y con base antideslizante. Los ralladores son tres, parecen como los de la mandolina, intercambiables, no son de hojalata y son aptos para el lavavajillas. Parece que lo estoy vendiendo, sin embargo, no diré el nombre del supermercado, nada de publi sin patrocinio. El bol rallador ya está en mi cocina, esperando que le demos uso, que será en breve porque estamos cocinando nuevas recetas cada fin de semana. Pero su cartilla de puntos me recordó en el camino que todo tiene un inicio, una llamada a la acción y un final. Todo llega, aunque al principio parezca algo muy lejano. Como el catálogo de la biblioteca. Su inicio fue una pregunta ¿cuántos libro tendremos? que derivó en decidir hacer un fondo, y de ahí pasó a una reordenación del espacio y que tarde o temprano terminará. No sé cuántas páginas tendrá el PDF resultante. Lo que sé es que, por ahora, solo tenemos seis libros repetidos y que con el orden, he habilitado más espacio para ese saber que, repito, sí ocupa lugar. Quien sabe si la experiencia adquirida terminará formando parte de la trama de una próxima novela. Todo es posible. Hoy, mientras la lluvia riega una tierra que no puede recoger más agua y que en la playlist, Luis Miguel le canta a un reloj que sigue marcando las horas, estoy rodeada de otros que esperan que catalogue el fruto de su trabajo intelectual y le otorgue el lugar que le corresponde. Es hora de poner el punto final al artículo y volver a las labores de bibliotecaria familiar.
Si te resuena y te atreves, te leo en comentarios. Que pases una estupenda semana.
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