Parecía un día normal cuando abrió los ojos, aunque el despertador no había sonado. Ya estaba acostumbrado a levantarse a las siete menos diez. El agua de la ducha le despertó un poco más de lo habitual porque estaba tibia tirando a fría. Cuando salió de casa para ir a la oficina, el ascensor no funcionaba. Tampoco había luz en el portal y le tocó abrir las puertas del garaje a mano, el mando estaría sin pilas. No pudo sacar el coche de la rampa. Tenía gasolina, pero la calle estaba atascada por completo. Un caos porque el semáforo de la esquina no funcionaba y se había producido un accidente. Intentó llamar a la oficina pero el teléfono no se encendía. Raro, porque lo había dejado cargando toda la noche. Mientras otra gente intentaba que los conductores implicados no llegaran a las manos, Salva decidió meter de nuevo el coche en su plaza y cerrar a mano las puertas del garaje. Le tocaba trabajar desde casa.
Subió los siete pisos por las escaleras, a oscuras. El ascensor seguía sin funcionar. Al menos no había ningún vecino encerrado. ¿Quién era el presidente? Cuando el móvil recuperase un poco de batería, lo preguntaría en el WhatsApp del portal. Estaba seguro que le habían pasado el recibo de la comunidad, asi que seguro que dinero en la cuenta.
Al abrir la puerta, le extrañó no tener luz en el recibidor. Miró el cuadro, el general no había saltado. A lo mejor la avería era del barrio. Pudo conectar el ordenador, pero solo en modo local. No había wifi. Enchufó el móvil a la powerbank de emergencia. No había internet. La Red Vacía, callada por una vez. Eso le preocupó. No podría unirse a la reunión de la compañía, era él quien tenía que presentar los resultados a los jefazos. Se estaba creando un nudo en su garganta. Solo de pensar en perder el empleo, los nervios afloraron. Sí, no era el trabajo de su vida, pero pagaba facturas. Intentó llamar a su jefe, más que nada para avisar o confirmar que estaba igual, no lo consiguió. Aun con batería, el móvil no daba señal.
Salió al balcón a ver si se había solucionado la tangana entre los conductores. Quería desviar su mente de una pregunta que luchaba por salir y ocupar su cabeza por completo. “Y ahora ¿qué?”
—Salvita, hijo —dijo su vecina, que también estaba asomada al balcón— ¿Tú sabes lo que pasa? Hoy no he podido desayunar con la tele.
—Me temo que no, doña Pilar, no hay luz y no funcionan los teléfonos.
—¿Tú tampoco tienes luz? ¿No va el ascensor entonces?
—No, me ha tocado bajar y subir los siete pisos.
—Pues vaya. Hoy me pierdo el café y el dominó con las chicas de La Palomera. En fin, voy a ver si funciona el gas que a este paso no puedo cocinar. Luego hablamos.
Salva observó a doña Pilar retirarse hacia el interior de su cocina con la lentitud de su andador. Las piernas de la anciana eran el motivo por el cual se había puesto el ascensor, gracias a la subvención de la Comunidad de Madrid.
Volvió a mirar hacia la calle. El caos no solo no se había terminado, sino que empezaba a mutar en algo peor. Dos hombres discutían a gritos junto a un coche con el capó levantado y echando humo, mientras un tercero intentaba, inútilmente, hacer que su reloj inteligente reaccionara dándole golpecitos con el índice. A lo lejos se veía a un par de municipales corriendo para evitar la trifulca. Tener una comisaría al final de la calle tenía ventajas en algunos momentos.
Entró de nuevo al salón comedor. El silencio era un zumbido sordo que le oprimía los oídos. No lo aguantaba. Se puso los auriculares, de cable porque los inalámbricos no estaban cargados. Si alguna vez volvía la luz, la prioridad sería cargar todos sus dispositivos. Los conectó al portátil. La pantalla, que antes era su ventana al mundo, ahora solo devolvía una foto vieja de un viaje a Canadá. No había rayitas entre la lupa y una batería que amenazaba con apagarse en breve. 29% era su particular espada de Damocles. Cerro el trasto, inservible en ese momento, y conectó los cascos al móvil. Allí había algo de música guardada. Songs of Innocence de U2 seguía instalado en el iTunes desde 2014. Lo que en el coche era un engorro por una campaña de marketing que hizo que Bono pidiera disculpas por lo mal que salió, ahora se convertía en su tabla de salvación frente al silencio. Día libre obligatorio.
Las notas de The Miracle (Of Joey Ramone) empezaron a sonar. La voz de Bono parecía venir de otro siglo, de un tiempo donde todo era sólido y estable. Salva cerró los ojos, intentando que la música anulara los gritos que subían desde la calle. Parecía que los municipales estaban muy lejos de controlar la situación. Pero la música no lograba acallar la pregunta. “Y ahora ¿qué?”.
Lo peor no estaba fuera. Entonces se dio cuenta de lo terrible que era su realidad. No había luz y eso le había desconectado por completo de su vida cotidiana. El apagón le había dejado solo con el silencio, agobiante y acusador. Durante años, lo había llenado con un podcast, con un mensaje de texto o de audio, con un programa de televisión que hacía ruido más que otra cosa. Ahora, el puente digital se había derrumbado y la otra orilla, la de sus pensamientos, le resultaba un territorio hostil y desconocido.
Miró su reloj de pulsera, analógico, las nueve de la mañana. En un universo paralelo, estaría ya en la oficina, explicando con diapos del powerpoint las proyecciones de crecimiento de cada delegación. En este, solo había un apartamento con las persianas levantadas y una nevera que comenzaba a pitar. El día se iba a hacer muy largo.
Después de ponerse la ropa de casa, no iba a bajar los siete pisos de nuevo, buscó entre los cajones una vieja radio a pilas. Formaba parte del kit de supervivencia que había heredado del ermitaño de su tío el camionero. La conectó buscando noticias. Lo que estaba viviendo no era normal. Con un poco de suerte alguna radio podría emitir. Solo pudo entender unas palabras: ataque, pulso electromagnético. No sonaban muy bien, aunque no podía preguntarle a la inteligencia artificial lo que significaba. Se sintió aun más solo y vulnerable. ¿Y si era una pesadilla? Nada. Lo único que consiguió con el pellizco fue un moratón en el brazo. Tenía que hacer algo, lo que fuera.
A las diez y media, según su reloj analógico, ya había limpiado el baño, el polvo de los muebles y escobado la casa. Al menos no necesitaría la limpieza de Manoli esta semana. La amenazadora pregunta volvió a su cabeza un instante antes que sus dedos rozaron un lomo de tela. El pulso electromagnético había borrado su agenda y sus contactos, pero no podía borrar el papel. Salva comprendió que la red estaba vacía, pero su casa no.
Se sentó en el sillón junto al balcón. Estaba nublado pero la luz natural no dependía de ningún cable. El caos de la calle seguía igual cuando cerró la puerta de cristal. Al menos la insonorización de la casa funcionaba. Se encontraba con la paradoja de no soportar el silencio que reinaba en casa, pero tampoco el ruido de fuera. Si el mundo digital había muerto, como había ocurrido con la batería de su móvil, tal vez era el momento de aprender a estar vivo en el analógico.
Desde luego no le faltaba sentido del humor. Entre todos los libros de su biblioteca, había elegido “Estrategia digital de la productividad”. En su actualidad no tenían sentido palabras como “optimización”, “webinar” o “flujo de trabajo”. Sería mejor dejar su lectura para otra ocasión. Podía aprovechar y intentar pasar de la página 3 de “relatos de un peregrino ruso”. Desde que era pequeño, las grandes obras de la literatura para los demás, a él le aburrían, eran una pérdida de tiempo. Hoy tenía de sobra y el aburrimiento era su compañero de butaca.
Unos nudillos en la puerta le evitaron decidir qué leer. En el rellano del séptimo piso solo estaban Salva y doña Pilar. Las otras dos puertas pertenecían a un piso de estudiantes, de vacaciones hasta el viernes, y a Miguel, que seguía ingresado en el hospital por una mala caída mientras corría su tercer maratón. Al abrir la puerta se encontró a la anciana con un tupper en una mano y a “Cuqui”, su bodeguera, en la otra.
—¿Puedes sacarla tú? Yo no puedo bajar esas malditas escaleras.
—¿Y las lentejas? —dijo mientras abría la tapa para ver el contenido—. No hacía falta comprarme para que me de un paseo con esta pequeñaja encantadora.
—Te conozco, hijo, como si fueras mi nieto. Seguro que no tienes nada para comer caliente.
—Pues tiene usted razón, aunque no sea mi abuela. Iba a hacerme un sandwich frío de queso, lo que tengo en la nevera. Pensaba comprar a la vuelta del trabajo.
Se quedó con Cuqui olisqueando cada rincón de la casa mientras él se cambiaba de ropa. No podía bajar a la perra en chanclas y pijama en pleno invierno. Tras pelearse con los vaqueros que estaban muy cómodos en la silla de la ropa, se calzó las botas y se puso el anorak. Cuqui, ajena al colapso de la civilización tecnológica, movía el rabito, feliz, con una energía que a Salva le resultaba casi envidiable. Al salir al rellano, doña Pilar le dedicó una sonrisa de agradecimiento que le hizo sentir, por un momento, más útil que cualquier tabla de Excel.
Bajar los siete pisos fue distinto esta vez. La oscuridad del hueco de la escalera ya no parecía tan amenazante con el rítmico tintineo del collar de la perra y el sonido de sus uñas sobre la marmolina. No quiso que la bajara en brazos. Al llegar al portal, el frío del invierno madrileño le golpeó la cara, despejándole la mente de golpe. No era el momento de preguntarse nada.
La calle era un museo de la ineficiencia. Los coches eléctricos seguían en sus cargadores, inertes, convertidos en obstáculos de metal para desesperación de sus conductores. Los dueños de los vehículos accidentados seguían discutiendo, pero ahora con menos fuerza y más cansancio. Los municipales ya habían resuelto el atasco a base de silbato y multas.
Salva caminó con Cuqui hacia el pequeño parque de la esquina. Se fijó que los establecimientos estaban cerrados en su mayoría. Solo permanecían abiertos los bares y los restaurantes, con carteles de “solo pago en efectivo” en los escaparates. Los datáfonos eran trastos inservibles, pisapapeles caros. Si cerraban, se echaría a perder el género. Todo era un buen motivo para irse al bar en la cultura mediterránea.
Cuqui se detuvo a olisquear un árbol viejo y seco. Salva, por inercia, se echó la mano al bolsillo del abrigo buscando el móvil para consultar la hora o ver si, por un milagro, había vuelto la señal. Sus dedos solo acariciaron la tela del forro. Se lo había dejado en casa, también de pisapapeles.
Al llegar al pipican, soltó a Cuqui para que confraternizara con otros perros. Estaba esterilizada, no había riesgo. Observó a los otros paseadores de perros, pero Salva no tenía ganas de gente. Cuqui tampoco, porque volvió al refugio de sus piernas con un palo entre los dientes. Hacía tanto que nadie jugaba con ella que no iba a desaprovechar a Salva. Tras un par de carreras, decidió que iba a continuar el paseo por el parque al ritmo de las patitas de la bodeguera. Se fijó en los dibujos de la corteza de los árboles y en cómo una urraca observaba el caos desde una rama alta, totalmente indiferente al pulso electromagnético. Por primera vez en años, Salva no estaba «en otro lugar» mientras paseaba. No estaba escuchando un podcast ni repasando su agenda. Estaba allí, en el parque, con ese frío y esa perra a la que no le importaba lo más mínimo el apagón del mundo digital.
Al volver al portal, se cruzó con el vecino del segundo que intentaba forzar la cerradura electrónica del bloque, que obviamente no respondía.
—Hay que usar la llave manual —le dijo Salva, sintiendo una extraña satisfacción al conocer la solución analógica—. La tecnología hoy no nos va a abrir ninguna puerta.
Subir los siete pisos se le hizo más corto de lo esperado. Dejó a Cuqui, que esta vez sí que prefirió la comodidad de los brazos, a cargo de su dueña hasta la tarde cuando le tocaría otro paseo. Al entrar, decidió que ya era hora de las lentejas. Su olor le llevó al hogar de su infancia, algo extraño en su piso que, como mucho, olía a pino y limón. Se sirvió un plato y se sentó en el comedor tras hacer el inútil gesto de poner la tele. Las lentejas le supieron a gloria, aunque con pan habrían sido un manjar. Fregaría a mano, si aun tenían agua.
Sin café de sobremesa, su cafetera era eléctrica y la vitrocerámica también, volvió a coger los «Relatos de un peregrino ruso». No tenía nada que perder. El aparente aburrimiento seguía allí, sentado en la butaca, pero ahora, con el estómago caliente y el silencio aceptado, ya no parecía un enemigo. Quizás, pensó, la vida vacía del entorno digital era la oportunidad perfecta para empezar a llenar su interior. Ya había alimentado el estómago, era el momento de hacerlo con su mente antes que volviera al repetitivo “y ahora ¿qué?”.
Por primera vez desde que se había independizado, su cerebro no estaba saltando de un estímulo a otro, intentando procesar datos que olvidaría en cinco minutos; estaba simplemente allí, presente, notando el peso de su propio cuerpo sobre el sillón. Se dio cuenta de que el verdadero ataque no había sido contra los transformadores eléctricos o los satélites en órbita, sino contra la estructura misma de su atención, una red que él mismo había dejado vaciar de contenido real a cambio de ruido constante. Al abrir de nuevo el libro por la desafiante cuarta página, las palabras del peregrino ruso empezaron a fluir con una claridad inusitada, como si su mente, libre de las interferencias de la banda ancha, hubiera recuperado la capacidad de profundizar en el pensamiento ajeno sin buscar el atajo del titular.
En el exterior, el mundo seguía intentando reiniciarse sin el productivo éxito. Los bares ahora eran punto de reunión de unos ciudadanos que se negaban a quedarse encerrados en casa. En la tranquilidad de su salón, Salva sintió que el nudo de su garganta se había aflojado por completo. Observó con calma una vieja estampa con un crucifijo, lo que usaba como marcapáginas de su lectura. Recordó que había comprado, de segunda mano, el ejemplar en una feria del libro antiguo. Él no compraba al peso, sino que al abrirlo, el olor a papel viejo y amarillo, le había despertado la curiosidad y las ganas de leerlo. ¿Por qué lo dejó en la página tres? La urgencia de la productividad se impuso a una lectura reposada. Otra paradoja de la sociedad: por un lado querían fomentar la lectura frente al uso de las pantallas pero los gobernantes pensaban que leer un libro era perder el tiempo, ser improductivos.
Quizás la red se había caído para que él pudiera, por fin, sostenerse por sí mismo. No sabía cuánto duraría el apagón, ni si mañana tendría un jefe al que rendir cuentas, pero mientras pasaba la hoja con un crujido seco, comprendió que el aburrimiento no era una carencia, sino el espacio sagrado donde la mente empieza a recordar quién es cuando nadie la está mirando a través de una pantalla.
Suscríbete para recibir mis artículos y relatos cada martes y viernes. Sin spam.
