Cuéntame un cuento

Érase una vez… tranquilos, que no voy a contaros un cuento. O quizá sí. Quién sabe. Estos últimos días estoy probando cosas nuevas, así que ¿para qué limitarme? De pequeños nos encantaban los cuentos. Relatos cortos, con personajes buenos y malos, llenos de fantasía, magia y (aunque no lo sabíamos) con muchos arquetipos, patrones humanos, tipos de personalidad. De adultos nos tragamos la mentira de que eso ya no es para nosotros. Los cuentos infantiles no son para adultos. Pasamos los libros de cuentos por otros sesudos, rimbombantes, densos y sin dibujos. ¿Por qué? Porque los dibujos impedían que ejercitáramos la imaginación. Y en los libros sesudos se estudia, se analiza no se imagina. Lo curioso es que cuanto más crecemos, más necesitamos de cuentos. Tanto que dejamos que mucha de nuestra comunicación habitual lo sea. Me explico: Entendemos la vida en términos de buenos y malos, buscamos la magia y etiquetamos discursos y personas. Es la gran estructura clásica de los cuentos. Nuestra vida es un gran cuento, sin preguntarnos quién es narrador, quién el escritor y quién los personajes. Escuchamos las noticias, y nos rodean los cuentos. Vemos las series de televisión o las películas y seguimos los mismos parámetros. La vida ya no es un sueño, sino un cuento. ¿Quizá los sueños en su origen son precisamente eso, cuentos? Puede parecer que le estoy quitando importancia a ese tipo de relatos. Nada más lejos. Porque un relato breve puede sembrar una conexión emocional de alto impacto. De ahí que en la actualidad, en las escuelas de negocio, se de tanta importancia al arte de contar historias. ¿No os suena? Si pongo el término inglés, STORYTELLING, ya sí ¿verdad? En el mundo de la empresa y de la economía, en esas largas e interminables presentaciones de powerpoint o cualquier otro tipo de programa, se nota mucho la diferencia entre quien conoce las claves de contar historias y quien suelta, vomita, su mensaje con datos, datos y más datos. Porque en el arte de contar historias, las últimas frases, nos invitan a la acción. Estad atentos a las presentaciones de las reuniones de equipos de trabajo. En vuestra memoria no se quedan los datos, sino las pequeñas historias que emocionan y provocan respuestas.

El arte de contar historias

Ilustra el post un gran clásico que casi todos los estudiantes de narrativas se encuentran. La morfología del cuento. Un análisis de bisturí de un genero narrativo. En mi opinión, la esencia queda más allá de manuales y de reglas. De verdad que no tengo nada en contra de ellas y hasta entiendo que en muchos casos son necesarias para aprender a andar, a escribir de la mejor forma. Más no me gusta quedarme en ellas. Las normas no tienen corazón. Y al contar historias hay que llegar al corazón, a través de las palabras, a través de la cabeza. Es un arte. Necesita práctica, personalización, pasión y ese algo más que no es definible pero se intuye. Por eso hay libros que nos llegan y otros que pasan sin pena ni gloria. Los conceptos se quedan mejor cuando usas anclajes sencillos. En la escuela hay muchos ejemplos de ello. ¿Cómo empezaron los cuentos, las fábulas? Como una forma de transmitir conocimientos hacia las futuras generaciones. Seguramente nadie recordará la lista de los reyes godos o cualquier otro tipo de conocimiento acumulado el tiempo justo para aprobar y olvidar. En cambio es relativamente sencillo que puedas contar el cuento de caperucita roja, los tres cerditos, o la liebre y la tortuga. ¿Cuándo nos convencieron de que eran más importante los datos? Recuerdo que uno de los mejores consejos que me dieron en la facultad era que en los exámenes no me limitara a dar datos, sino que contara algo más. Un profesor lee hasta el aburrimiento las mismas respuestas para las mismas preguntas. ¿Seguro? Los alumnos brillantes destacan por dar algo más que lo que pone en el libro. Y la cosa cambia mucho cuando lo pones en práctica. Ayer pude verlo con mi hijo. Tenía que estudiar las valencias y los grupos de elementos. Podía hacerlo de forma automática pero su padre le fue dando esos conocimientos con pequeñas historias, pequeños cuentos. ¿Conclusión? Que se lo ha aprendido y hasta ha soñado con ello. ¿Se le va a olvidar? No lo creo.

Los cuentos llegan al corazón

He asistido a muchas clases. Algunas magistrales y otras absolutos tostones. Unos profesores lo hacían por sueldo y otros porque es su pasión, se convierten en auténticos maestros, tengan título o no. No juzgo a los primeros. Tendrán sus razones, válidas, para dedicarse a la enseñanza. Y mucho valor para aguantar a estudiantes, que hay que hacerlo también. Pero… Si me dan a elegir, prefiero a los segundos. Hacen que el tiempo pase volando, siempre dejan con ganas de más, despiertan la curiosidad e invitan a dar lo mejor de nosotros mismos.

Estas últimas semanas han salido a la venta dos libros de dos escritores a los que sigo. El camino del arquero y Las siete llaves. Están en mi estantería de “pendientes” y supongo que no tardaré en dedicarles un post a cada uno. Cuando me los acabe, por supuesto. Me gusta cómo narran Paulo Coelho y Álex Rovira. Los considero dos de mis maestros, hermanos mayores de tinta que me inspiran y a los que puedo volver cuando necesito aliento o fuerza para seguir escribiendo. Hacen de sus vivencias algo comprensible, cuidan con sus palabras e inspiran. Se nota que aman lo que hacen. Entre los “entendidos” puede que no tengan muy buena fama, pero no me importa lo más mínimo. A mi me ayudan, no les pido más. Su prosa no será de premio Nobel, ni falta que hace. En ambos casos, sus relatos han conectado conmigo y me han ayudado a transformar mi escritura. Reconozco que hay libros que me han llegado más que otros, pero es algo normal. Ambos escriben cuentos que llegan al corazón. Y en el mundo actual hacen mucha falta. A los niños, pero sobre todo a los adultos. Esos que puede que se quedaran bloqueados en un momento de la infancia. O que quisieron crecer demasiado deprisa. Es mejor no quemar etapas, para no ser ancianos en cuerpos de adolescentes.

Los cuentos nos ayudan a estar en el presente, a centrarnos en algo simple y concreto. Atrapan la atención al momento y cada uno buscará sus propias respuestas. Eso es lo interesante. El mismo cuento no suena igual hoy que dentro de quince años. Depende de quien lo escucha o quien lo lee. Dejan huella. Necesitamos fantasía en nuestra realidad cotidiana. Cuenta cuentos, escúchalos y deja que la pasión y la enseñanza que tienen para tí te llegue. Los de verdad no son engañabobos. Te va a sorprender.

 

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