El tiempo olvidado

Llevo unos días teniendo conversaciones sobre el tiempo, no en términos de meteorología sino hablando del paso del tiempo. Si hace unas semanas, le di vida al reloj cambiándole la pila gastada por una nueva que le permite cumplir su función, hace poco hablaba con una amiga del título del post: El tiempo olvidado. Suena bien para una novela ¿verdad? No sé si habrá alguna ya titulada así. Hay una canción rock que se llama así. Pero voy a tratar el tema desde otra perspectiva. Tenemos lapsus de tiempo. Nuestra selectiva memoria decide lo que recuerda y lo que olvida. Mas, que olvidamos algo no significa que no pasara ese momento. A veces ese olvido es un mecanismo de defensa para no quedarnos anclados en bucle en ese momento. Todos conocemos historias de personas que han sufrido accidentes y que no lo recuerdan. Una especie de amnesia selectiva que es una herramienta cerebral. No elegimos lo que recordamos, y me temo que tampoco elegimos lo que olvidamos. Nos ocurre, para bien y para mal. Hasta que encontramos un disparador de memoria. Escuchamos una canción, percibimos un olor, nos dicen una frase, vemos un paisaje y en un instante la cabeza recuerda un fragmento. Como esa palabra que se intala en la punta de la lengua pero que no llega a pronunciarse. Hemos vivido un momento que se quedó en esa experiencia, pero, no podemos recordarlo por completo. 

Lo que se olvida no existe

Tarde o temprano es así. Borrar los recuerdos es dejar de existir. Por eso hay fiestas en las que se recuerda a los muertos. La palabra RECORDAR esta formada por “re” (de nuevo) y “cordis” (corazón) por lo que su significado no tiene tanto que ver con la mente, sino con estar de nuevo en el corazón. Ahí es donde guardamos lo importante para nuestra vida. Lo que no implica que sea importante para la vida de otros. Nuestros recuerdos son eso, nuestros y los interpretamos desde el corazón. Por eso lo que no se recuerda, se olvida, muere. Es una de las mayores lacras de nuestro tiempo, olvidar, no recordar lo que es importante para nosotros. ¿No os ha pasado? Te dicen algo y casi, de forma compulsiva, tienes que apuntarlo, tienes que dejar constancia de ello en algun sitio. Tienes un gran momento e inmediatamente buscas un anclaje. ¿Por qué? Porque cuando llegue el momento de la dificultad, vendrá bien hacer un gesto, o escuchar esa canción que te da buenas sensaciones. Lo hacemos todos. Por eso más de uno tiene el boli de la suerte, los calcetines de la victoria, los rituales de escritura. Son cosas que nos permiten liberarnos de lo que nos preocupa y conectar con emociones pasadas. Para eso existen las fotografías. Son capturas, ayudas para volver a vivir desde el corazón. Y por ello lo que se olvida, lo que se deja escapar, no existe, se diluyen en las inmensas aguas del pasado. Dotamos de un significado externo a un objeto para recordar algo importante. Primero fueron dibujos para aprender a cazar, para capturar espíritus favorables. Después llegaron las letras, las palabras que junto con los espacios en blanco, dieron lugar a frases, párrafos, textos que contaban historias. Era más sencillo para darlas a conocer a la posteridad. Los escritores somos eso, contadores de historias, recopiladores de momentos universales o concretos. Enlazamos el pasado, con el presente y dejamos el legado para el futuro. Otros recogerán el testigo. Y lo que no plasmemos, se olvidará.

Conocimiento olvidado

Las culturas antiguas son una gran incógnita. Vemos las pirámides y nos preguntamos cómo las hicieron. No han llegado hasta nosotros sus instrucciones. Parte de su conocimiento no ha llegado a nuestros días. Pero a veces descubrimos sus resultados. Descubrimos objetos realizados con una precisión que nuestra tecnología casi no alcanza y nos maravillamos. Basta con ver algun documental en la televisión para ser conscientes de las grandes incógnitas de la antigüedad. ¿De verdad hemos evolucionado o hemos perdido conocimientos? ¿Seríamos capaces de tallar obeliscos como los egipcios? ¿Y los moai de la Isla de Pascua? ¿Cómo hicieron Stonehenge? El conocimiento antiguo se ha perdido en gran parte. ¿Por qué? A veces porque se reservaba a los iniciados gremiales, otras porque cuando los recopilaron lo hicieron con materiales que se descomponían o se destruyeron a propósito como la quema de bibliotecas. El conocimiento desde tiempo inmemorial es poder y no siempre se comparte. Al hacerlo, se pierde una ventaja que puede ser determinante en la supervivencia. Se transmite de forma velada y solo los dignos tienen la clave para descifrarlo. Si no se trasmite, se pierde, se olvida y es como si no hubiera sucedido. En otros casos lo concreto se convierte en historia, tan repetida que se vacía de conocimiento y se deja de entender, lo vemos como un mito que no tiene nada que ver con nosotros, porque no recordamos lo que significa, no tiene sentido. Nos pasa a menudo, leemos la antigua mitología desde nuestros ojos y claro, eso no explica nuestro mundo, por lo que lo ignoramos. Puede que a veces nos preguntemos cómo es posible que se repitan ciertas cosas entre culturas que no se interrelacionaron. Pero, no lo entendemos, porque hemos olvidado con el paso de los años los conocimientos y los procesos para llegar a ellos. Por eso, tendemos a repetir los mismos errores como sociedad una y otra vez. Queremos datos científicos y hay saberes que van más allá de nuestra limitada ciencia. No tiene todas las respuestas. No nos puede dar certezas absolutas. Nos introduce en un relativismo que nos sienta mal, que nos deja sin tierra bajo los pies.

Reservarnos conocimiento no nos da ventaja, al menos no a medio largo plazo. Hace que como especie perdamos oportunidades de avanzar. No podemos llegar por nosotros mismos a los descubrimientos matemáticos complejos, por poner un ejemplo. Por eso mandamos a nuestros niños a la escuela, a adquirir conocimientos de otros, y si damos con un buen profesor o un buen maestro, puede que hasta les enseñe a aprender, a entender los procesos más allá de repetir como papagayos cosas que no comprenden. Es hora de recuperar ese tiempo olvidado, de recordarlo, de traerlo a la memoria del corazón más allá de calificaciones o notas aleatorias. Por eso es tan importante la formación humanista que dan las materias de letras. Los seres humanos más que sustantivos o números, somos verbos, somos activos. Y necesitamos a todos para ir más allá en nuestra evolución. Mientras nos hagamos preguntas, necesitaremos la sabiduría, la filosofía y las alas de la imaginación que nos dan los libros, las novelas. El conocimiento es poder y la imaginación es libertad.

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