Matadero Cinco

En el club de lectura de la Academia hemos estado leyendo, o al menos intentándolo, Matadero Cinco de Kurt Vonnegut. Digo intentar porque es una lectura compleja, de las que se atraganta. Es una novela rara donde las haya. No voy a analizarla, no soy quién para hacerlo, sino a decir lo que me ha hecho pensar tras su lectura. Reconozco que tuve que esforzarme. Me costaba con los saltos de escenas, mezclas de tiempos del narrador, historias sin sentido aparente y recuerdos ambiguos por no decir absurdos. Supuso todo un reto. Tantas palabras debían tener sentido, debía haber algo más. Todo se aclaró en los capítulos finales, aunque sin el resto del libro no se entenderían, quedarían cojos, casi banales. ¿Merecería la pena el esfuerzo? Ultimamente soy crítica con las novelas que no me enganchan. Tampoco me gustan las que me dan todo mascado, hasta el punto de casi insultar mi inteligencia. Leer es algo más que pasar un buen rato. También tiene que retarme. Y en esta novela, Kurt Vonnegut, reta y mucho al lector para que trascienda sus palabras. Una vez más, el espíritu de Ultreia me acompaña. Y no me rindo fácilmente.

¿Cómo digieres el horror?

Lo primero a destacar es que el autor vivió en primera persona el bombardeo de Dresde en la IIGM. ¿Cómo me afectaría a mi algo así? Recuerdo el dolor que sentí en el 11-M en Madrid, con los atentados en los trenes. Recuerdo la congoja que sentía cuando era niña o adolescente al ver las noticias de los atentados de ETA. Recuerdo a Miguel Ángel Blanco y el secuestro de Ortega Lara. ¿Podría escribir sobre lo que sentía? Era todo confuso, un sin sentido. ¿Cómo escribir entonces de la locura de una guerra? ¿Cómo hacer coherente la sinrazón? ¿Cómo llega el ser humano a esa forma de deshumanización como pueden ser los campos de exterminio? Sí, entiendo que en el barullo de una mente que ha sufrido esa experiencia Vonnegut buscara un modo de expresarse, aunque nadie lo entendiera. Tenía que procesar él primero lo que había ocurrido y no es algo sencillo. Me lo puedo imaginar preguntándose ¿Por qué? ¿Por qué ha pasado ésto? Y sobre todo ¿Para qué? ¿Para qué luchar, para qué escribir, para qué vivir? No creo que haya terapia posible para recomponer un ser humano que vive tantas atrocidades. Si el alma se encoge al visitar por ejemplo las ruinas de Belchite, ¿cómo será al vivir un bombardeo donde no tienes ni siquiera el refugio seguro de tu hogar? En un momento puedes tocar el miedo, convertirte en miedo. ¿Cómo digieres el horror? Lo vomitas. Te rindes sin darle más vueltas. Quieres que acabe cuanto antes, te dejas llevar por las emociones y te da igual lo que piensen los de alrededor. No puedes hacer nada más por sobrevivir que esperar. Tiene que ser agobiante y no, no me gustaría escribir sobre ello. Porque escribir es revivir una experiencia así, sumergirte en ese dolor tan desgarrador. Y, a pesar de todo, alguien tiene que hacerlo, alguien tiene que contar lo que está pasando en una guerra, en un atentado, en una catástrofe. El mundo tiene que conocerlo para evitar que se repita. Recuerdo que cuando miraba a los antiguos corresponsales de guerra cuando estudiaba periodismo pensaba que alguien tenía que hacer ese trabajao, llevar la verdad de lo que estaba pasando a la audiencia. En aquella época era más idealista y no quería ver la manipulación, los intereses y la tergiversación de los hechos. Quizá por eso ahora comprendo las imágenes absurdas de extraterrestres del libro.

La importancia de los buenos momentos

Llevo varios libros donde recalcan lo importante que es anclar los buenos momentos para poder hacer frente a los difíciles. No se trata de vivir en el mundo piruleta. Eso es irreal y tarde o temprano la vida nos abofeteará la cara para despertarnos. En Matadero Cinco el autor también habla de ello. ¿Buenos momentos en una guerra? Poco creíble. Y sin embargo los habría porque depende de la actitud. Recuerdo que cuando vi los testimonios de los campos de concentración de Auschwitz en una de esas exposiciones itinerantes, me sorprendió la humanidad, la importancia de los pequeños detalles. Algunos prisioneros estaban empeñados en ver el lado bueno de sus días y de sus compañeros, vencían el miedo a base de confianza, de fe. Y su vida diaria era aterradora; pero se centraban en el Ahora. Los testimonios de los creyentes son para cuestionarse a Dios. No se preguntaban ¿por qué Dios permite que pase esto? Si no que daban gracias por tener a Dios para entender lo que ocurría, por no sentirse solos. Eso es lo importante de recordar los buenos momentos. Nos dan fuerzas para ser capaces de seguir, aún en los momentos más complicados. Los buenos momentos eran una especie de tabla de salvación, lo que hacía más llevadero el día a día. ¿Cómo llegaron a esa conclusión? No lo sé, puede que uno empezara con un pequeño gesto como compartir un trozo de pan, guardar un poco de sitio en las hacinadas literas, una caricia a un familiar o cualquier otra cosa. Basta un gesto de humanidad para que se propague. Aunque sea un instante. Una canción a hurtadillas, un verso, un salmo… algo que facilite un poco de esperanza.

Lo que la literatura esconde

No pude quitarme al autor de la cabeza en toda la lectura. Su forma de hacer metaliteratura me recordaba a otros también. Y poco a poco cobraron sentido sus locas historias de ciencia ficción. Era la forma que encontró para volcar lo que había en su mente. Usar las imágenes veladas de la literatura para intentar explicar lo que es inexplicable. Me pasó algo parecido con la película “Tolkien“. No sé cuánto habrá de verdad en ella pero pude leer sus novelas de hobbits, elfos, magos y enanos de otra forma. Fui más allá de la historia inicial. Me sumergí. Entender que son formas de hablar de otras cosas sin nombrarlas. Todos los escritores lo hacemos. Somos contadores de historias. Lo llevamos en los genes desde los primeros seres que se sentaron a compartir vivencias. Está tan dentro de nuestro cerebro, de nuestro bagaje cultural que ya ni nos lo planteamos. Repetimos el formato de forma casi automática por muy originales que nos creamos. Y como todos lo hemos vivido, a los lectores no les extraña. Es como en las fábulas, encuentran la moraleja casi sin decirla de forma explícita, aunque se haga normalmente al final. Un libro como Matadero Cinco no tiene moraleja final, hay que descubrirla, atreverse a hacerlo. Es complicado y depende mucho del momento en que lo intente el lector. Porque no leemos igual cuando estamos contentos a cuando estamos en dificultades. Nuestro estado anímico nos influye, para leer y para escribir. Hay textos que fluyen y textos que parecen una carrera de obstáculos. Limpios y los que hay que pulir en la revisión porque no los entiende ni quien lo escribió. Por eso se da tanto perfeccionismo en los escritores. La literatura lo exige al tiempo que lo esconde.

¿Recomendaría la lectura? Para quien se atreva. Es complicada. Aunque a veces hay que atreverse a salir de la zona de confort y conocer otras cosas. Lo dejo a la elección del lector. ¿Volveré a leerlo? No lo tengo claro. Mi lista de libros pendientes crece cada día como para repetir lecturas.

2 Comentarios

  1. Recomiendo leer de Svetlana Alexievich, La guerra no tiene rostro de mujer. Sobre cómo digieren el horror y los “buenos” momentos.

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