¿Feliz Navidad?

¿Se pueden decir con la que está cayendo “Feliz Navidad”? ¿Tiene sentido decir “Feliz Navidad” a un desempleado, a un desahuciado, a un enfermo, a una persona que se siente abandonada, sola, sin esperanza, en medio de una realidad de guerra, violencia, hambre, incomprensión? ¿No parece que es un poco de ilusos, por no decir de vivir en otro mundo? La verdad, creo que no. Creo que éste es el mejor momento para decir “Feliz Navidad”, para recuperar la humanidad y decir a esa persona que está pasando dificultades, que es una alegría que esté vivo, que es importante para nosotros y que su vida merece la pena. Si perdemos la esperanza, ¿qué nos quedará? Navidad es tiempo de esperanza, de buscar el mayor anhelo de nuestro corazón, que es la felicidad, más allá de las apariencias externas. Es mirar al otro y decir “me alegra que estés a mi lado, eres importante para mí”. ¿Eso es de ilusos? No, es de personas.

Los regalos, las buenas intenciones de estas fechas son manifestaciones de eso precisamente. Es decir, de forma material, que pensamos en el otro, independientemente de su raza, de su sexo, de su edad o de su religión. Sí, porque aunque para los cristianos estas fechas conmemoran el deseo de Dios de hacerse presente en nuestro mundo, es algo extrapolable a todos los seres humanos. La Navidad es la conmemoración del nacimiento de un niño, y ante un bebé, uno se queda mirando con ternura. A los adultos nos encanta ver el sueño de los niños, con su carita tranquila, su respiración acompasada. No hay ninguna amenaza en un bebé. Es una criatura indefensa y la máxima expresión del esplendor de la vida. Debilidad, dependencia, y sin embargo grandeza. Porque un bebé depende en todo de sus padres y al mismo tiempo, siempre da mucho más de lo que recibe. Una sonrisa, una mirada… y todos los problemas desaparecen. Tiene una especie de carácter hipnótico, de no poder dejar de mirar y de olvidar los problemas, de darles la importancia que se merecen ante la vida. ¿No es así? ¿Qué es lo más importante el sueño de un niño o levantarse por la mañana para ir a trabajar, para emprender las obligaciones que tenemos? Sin la vida naciente, lo demás es cargante, cansado y puede carecer de sentido. Que se lo digan a un adulto que tiene a su cargo a un niño cuando suena el despertador, se enfrenta a un trabajo monótono o está en mitad de un atasco. Seguro que le gustaría estar en una hamaca en una playa, o a la orilla de una chimenea con un buen fuego, una manta y una buena lectura o una buena compañía. O haciendo lo que le venga en gana. Sin embargo está ahí, en el coche a una hora intempestiva, encorbatado y pensando en qué sorpresa le dará su jefe, cuánto tendrá que aguantar de la estupidez de quien se cree más porque tiene un cargo más alto o más sueldo. Y se enfrenta a ello de sol a sol, llegando agotado a casa. ¿Por qué razón? Porque cuando llega a casa, a alguien esperándole, que le sonríe sin decir nada, que le lanza los brazos, o que duerme plácidamente sin saber de tanto esfuerzo. Y merece la pena.

Navidad es el recordatorio de ese merece la pena. Por eso podemos decirlo en estas fechas. Por eso es algo siempre nuevo y repetitivo al mismo tiempo en nuestro calendario. Necesitamos que externamente, haya fechas para recordar sentimientos y razones. Necesitamos esa recarga de pilas de humanidad, de corazón, de conexión. Necesitamos tocar el suelo, ver dónde estamos, más allá de llenar el estómago de dulces y de comida a raudales. Porque nuestras circunstancias pueden cambiar dependiendo de dónde nos encontremos, pero el misterio de la vida es el mismo en todo el mundo. Un bebé es la misma criatura indefensa en la casa del más rico y en la casa del más pobre. Duerma en una cuna o en un pesebre. Y eso es lo esencial en estas fechas, más allá de las creencias o de la rigurosidad de las fechas. No importa ser más de Papá Noel o de los Reyes Magos, o cómo se llame la figura de la Navidad. Lo importante es lo que nace, sean sentimientos o creencias. Es una fiesta para todos y a todos se les puede decir: ¡Feliz Navidad!

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