Fuegos artificiales

No voy a negarlo. Me gustan los fuegos artificiales, aunque no el olor de la pólvora. El miércoles pasado terminaron las fiestas del pueblo donde vivo y lo celebraron con 20 minutos de ruido y color. Me llamó la atención, una vez más, la cercanía a las casas. Los encienden a escasos metros de viviendas, de vegetación. Por supuesto que toman todas las medidas de seguridad oportunas; pero aún así, habiendo tanto espacio para hacerlo, que lo hagan casi en el centro del pueblo, es por lo menos llamativo.

Me gusta la costumbre de iluminar de colores el cielo nocturno. Me encantan las palmeras naranjas. Me contaron una vez que en las fiestas de Elche, tiran una que cubre toda la ciudad, o al menos es la imagen que se consigue. Tiene que ser precioso. Durante un rato te olvidas de tus problemas, de tu día a día, de tu rutina y miras al cielo para ver un espectáculo que maravilla. Dejas el suelo y trae recuerdos de otros tiempos pasados, de otros lugares, de compartir con otras personas. Salen como miles de arcoiris en la medianoche. Y, sin silencio exterior, se termina haciendo silencio interior. Es algo mágico.

Desde que ví, Kung Fu Panda 2, cuando veo los fuegos artificiales me acuerdo del “malo”, de quién usó la magia de la pólvora para destruir en vez de para crear belleza. Es la ancestral elección del bien y del mal. El ser humano siempre con la posibilidad de elegir el uso de las cosas. A veces maravilla. Otras, hace temblar. Las cosas en sí mismas no son buenas, ni malas, sólo depende del usuario. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad, como diría el tío de Peter Parker, de Spiderman.

Seguro que alguien pensó en las cosas que se podrían haber hecho con el dinero invertido en esos fuegos que ví desde mi ventana. Y habrían sido buenos propósitos la mayoría de ellos. Pero también necesitamos soñar en este tiempo de crisis, tiempo de oportunidades. Viene bien mirar al cielo, de vez en cuando. Recarga “las pilas” de nuestra humanidad, nos hae darnos cuenta de lo pequeños que somos, aunque nos creamos tanto. Nos permite contemplar las posibilidades que tenemos. Mirar el futuro con esperanza y seguir persiguiendo los sueños, poniendo los medios y las ganas, por supuesto. La fiesta se marchó con la música a otra parte, algo que los vecinos agradecemos porque dormir se volvía una tarea imposible, y aparcar era peor todavía. Pero el recuerdo de esas luces perdura, para iluminar la oscuridad.

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